El Palacio de Laeken es la residencia oficial del Rey
Felipe I de Bélgica y de su familia, donde tienen lugar muchos de los actos
oficiales junto con el Palacio Real de Bruselas, y se sitúa en el barrio de
Laeken, al norte de Bruselas.
El Palacio de
estilo Luis XVI fue mandado a construir en 1782 por los Gobernadores Generales
de los Países Bajos Austríacos, el Duque Alberto de Sajonia-Teschen y la
Archiduquesa María Cristina de Austria, bajo proyecto del arquitecto Charles de
Wailly y supervisión de Louis Montoyer.
En 1794 los Países Bajos pasaron a estar bajo dominio
francés y el Palacio fue abandonado hasta que en 1804 fue adquirido por
Napoleón Bonaparte para ofrecérselo a su primera esposa, Josefina de
Beauharnais.
En 1815, tras la creación del Reino de los Países
Bajos, el Palacio pasa a ser una de las residencias del Rey Guillermo I de los
Países Bajos, hasta que en 1831, un año después de la independencia belga, se
convierte en la residencia de Leopoldo I de Bélgica.
El 1 de enero de 1890, durante la recepción de año
nuevo, el Palacio sufre un gran incendio, y el Rey Leopoldo II encargó la
reconstrucción al arquitecto Alphonse Balat. Posteriormente, en 1902 encomendó
la ampliación del Palacio, con la construcción de dos alas monumentales, a
Charles Girault.

El Palacio fue la residencia oficial del Rey Balduino
I hasta su muerte en 1993 y la de su esposa, la Reina Fabiola, hasta que en
1998 se traslada al Castillo de Stuyvenberg. Alberto II es el único monarca que
no ha residido en el Palacio, ya que mantuvo el Castillo de Belvédère como su
residencia oficial durante su reinado.
Desde 1999, el Palacio de Laeken es la residencia de
Felipe I de Bélgica y de su esposa Matilde, por lo que desde el 21 de julio de
2013, el Palacio vuelve a ser residencia oficial de los monarcas belgas.
Invernaderos Reales de Laeken
En 1873 Alphonse Balat diseño por orden de Leopoldo II
un complejo de invernaderos que completara el Palacio de Laeken, realizado en
estilo clásico sobre monumentales estructuras de hierro y cristal. Enormes
pabellones, impresionantes cúpulas y largas galerías cubiertas hacen de estos
invernaderos la máxima expresión del desarrollo de nuevas técnicas que
comenzaban a aparecer en la época.
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